Espacio y defensa3 min de lectura
El futuro de los centros de datos y de la IA está más allá de las nubes: en el espacio
La inteligencia artificial necesita cada vez más electricidad, agua y suelo. Por eso empresas y agencias estudian una idea que hace pocos años sonaba a ciencia ficción: llevar parte de la computación a la órbita. Repasamos por qué, quién lo está intentando y qué hay que resolver antes.

Por qué mirar hacia arriba
Entrenar y ejecutar modelos de IA ha disparado la demanda de los centros de datos. Cada nuevo campus necesita cientos de megavatios, grandes cantidades de agua para refrigerarse y terrenos con conexión a la red, y en muchos lugares la red eléctrica ya no da abasto.
En órbita, algunas de esas restricciones desaparecen. En una órbita heliosíncrona bien elegida un satélite puede recibir luz solar casi de forma continua, sin noches ni nubes, y no ocupa suelo ni consume agua. La idea es aprovechar esa energía para alimentar servidores y bajar a tierra solo los resultados.
Quién lo está intentando
Lo que hace unos años eran presentaciones empieza a tener hardware en vuelo. En 2025 la empresa estadounidense Starcloud lanzó un satélite de demostración con una GPU de centro de datos a bordo. Google ha presentado Project Suncatcher, un estudio para llevar sus aceleradores de IA a constelaciones de satélites, con prototipos anunciados para los próximos años. Y en Europa, el estudio ASCEND, liderado por Thales Alenia Space con financiación de la Comisión Europea, analizó la viabilidad de los centros de datos orbitales y su posible ventaja en emisiones.
Por ahora son demostraciones y estudios, pero todos apuntan en la misma dirección.
Los retos, que no son pocos
- El calor. Parece una contradicción, pero en el espacio refrigerar es difícil: sin aire no hay convección y el calor de los chips solo puede salir por radiación. Hacen falta radiadores grandes, del orden de la superficie de los propios paneles solares.
- La radiación. Las partículas de alta energía provocan errores en memorias y procesadores y desgastan los componentes. Hay que blindar, elegir componentes tolerantes y corregir errores por software.
- El lanzamiento. Un servidor pensado para una sala climatizada tiene que sobrevivir a vibraciones, choques y aceleraciones que nunca ve en tierra.
- El mantenimiento. En órbita no se cambia un disco ni un ventilador: el sistema tiene que estar diseñado para degradarse poco a poco sin dejar de funcionar.
- Comunicaciones y coste. Bajar los datos exige enlaces ópticos de gran capacidad, y todo depende de que el coste de poner cada kilo en órbita siga bajando gracias a los lanzadores reutilizables.
Lo que probablemente veremos primero
A corto plazo es poco probable que la computación orbital sustituya a los grandes centros de datos terrestres. Lo que sí tiene sentido inmediato es procesar los datos donde se generan: satélites de observación que analizan sus propias imágenes con IA a bordo y envían a tierra solo lo relevante, en lugar de grandes volúmenes de imágenes sin filtrar. A partir de ahí, la escala dependerá del coste de lanzamiento y de cómo se resuelva el calor.
Todo empieza en tierra
Hay algo que no cambia, por lejos que acabe un servidor: antes de volar se integra, se ensaya y se transporta en tierra. Cada unidad de vuelo necesita sus útiles de integración, sus ensayos de vibración y térmicos y un contenedor que la lleve hasta la plataforma limpia, seca y sin golpes. Ese tramo, que es el nuestro, crece al mismo ritmo que la industria espacial.